“No dejamos de pensar nunca en Rivadavia”

El Dr. Orlando Elías Llaver, tuvo la oportunidad de aprobar la residencia, revalidar su título y tuvo muy buenas propuestas laborales en Estados Unidos, pero regresó a donde los esperaban sus afectos, hermanos y padres porque “extrañaba Rivadavia”.

Orlando Llaver nació el 20 de junio de 1942. Hijo de Amado Llaver y de María Abdala, hermano de Oscar, Víctor y Amado Llaver. Cursó sus estudios primarios en Rivadavia y los secundarios en la escuela de Comercio de San Marín donde egresó con el título de Perito Mercantil. No le gustaron las ciencias exactas y se inclinó por las humanísticas y decidió estudiar medicina en la Universidad Nacional de Cuyo donde se recibió de médico en 1968.

Se casó con Anahí Catena, con quien formó una hermosa familia. Rindió el examen en la Embajada de Estado Unidos en Buenos Aires y fue contratado en Búfalo, Estado de Nueva York donde se especializó en Tocoginecología, lo que se conoce como Ginecología y Obstetricia.

Allí nacieron sus tres hijos: Paul, Alison y Laura, pero pasados los cuatro años, en 1973 con el apoyo incondicional de su esposa regresa a Rivadavia, su lugar en el mundo.

No piensa que todo tiempo pasado fue mejor, los tiempos cambian, aunque rememora que “antes todo era más simple, más familiar, más accesible”. “A pesar de los avances se añoran esos viejos buenos tiempos, ahora las generaciones tienen más acceso a la tecnología, pero les falta recurrir a algo que es la experiencia, yo he acostumbrado a buscar a mis maestros mayores precisamente por la experiencia que tenían”, dijo.

Hace 10 años que se jubiló luego de prestar servicios por 34 años en el hospital Dr. Carlos Saporiti que avalan su gran trayectoria. Ha ayudado a nacer a muchos rivadavienses. Sigue atendiendo su consultorio particular y juega al tenis, que es otra de sus pasiones.

Destaca la solidaridad y camaradería en su época de juventud con otros médicos, épocas compartidas en el Círculo Médico en donde se compartían acontecimientos de salud. Allí conoció al Dr. Wieland Richter con quien vivieron aspectos muy positivos y reconocimiento mutuo como profesionales durante años. Lamenta que en la actualidad se esté perdiendo ese espacio que supo ser escuela de buceo y colonia de verano, hoy se ocupa solo para rehabilitación y entrenamiento.

Al mirar hacia atrás siente que un 99% de su saldo con su profesión ha sido satisfactorio y el 1% de frustraciones, las escasas complicaciones que surgen en esta profesión dejan huellas imborrables.

Así como el Dr. Orlando Elías Llaver, hay muchos otros ciudadanos de este departamento que coinciden en que Rivadavia tiene un microclima especial que los hace volver y sentir el ese sentido de pertenencia en esta tierra que los vio nacer y crecer.

Recuerdos en primera persona

“Tengo recuerdos de la escuela primaria, la vieja escuela Normal con la galería cuadrada y los años con los compañeros donde íbamos con guardapolvo, la valijita marrón colgando y zapatillas de goma, sin pensar si íbamos a tener calefacción en el aula o no, eso en esa época no era exigible ni lo teníamos en cuenta, éramos felices igual”.

“En la secundaria íbamos a la escuela de Comercio de San Martín, en esa época no había escuela de Comercio en Rivadavia. Viajábamos en un ómnibus que partía de la Cita que estaba frente a la plaza. Iba lleno, era uno de esos Bedford ingleses que tenía el motor adelante. En Junín subía mucha gente, se llenaba. La vuelta era caminado, cruzar San Martín, comer unas pizzas en Mauro y seguir caminando a veces hasta las vías haciendo dedo para que nos trajeran”.

“En la primaria estaba la vieja escuela granja. Allí íbamos y nos enseñaban cosas de agricultura que ahora parece que fuera una antigüedad. Recuerdo muy bien hasta el Chufi Nery enseñándonos a plantar rabanitos. Las gallinas tenían una jaula donde podían entrar porque eran curiosas, entonces cuando entraban no podían salir porque la puerta no era rebatible. El señor Esteban nos enseñaba carpintería que estaba detrás de la escuela primaria. Recuerdo a muchos otros profesores ni hablar de las maestras que eran excelentes, recuerdo a todas y a cada uno. El primer año que fui al primer grado inferior que se creó en ese año desde entonces hasta sexto grado tenía muchos compañeros que ya no están, pero que todavía los recuerdo con mucho cariño”.

“En la escuela secundaria eran muy buenos profesores. Teníamos un director, el Doctor Nadal que era excelente y también los maestros como nos enseñaban todas las materias que nos dieron. Ahí salí Perito Mercantil”.

“En la universidad fue algo sensacional, porque tuve compañeros muy buenos que fue una camada donde se recibieron médicos increíblemente capaces e inteligente. Toda esa camada, una docena más o menos de ellos fuimos a Estados Unidos y donde estuvimos 5 años. Allí hice la residencia y donde yo iba a ser urólogo, porque tuve un año durante el internado yendo al hospital Ferroviario a hacer urología con un compañero que ahora se acaba de jubilar de urólogo en Estados Unidos que fue conmigo y gran amigo. Gracias a la tecnología actual y las comunicaciones me puedo comunicar con casi todos ellos y mantenemos una amistad que no ha menguado en todos estos años”.

“Recuerdo los años en el viejo hospital (Carlos Saporiti) de Rivadavia donde había pabellones que nos permitían llegar a la Maternidad y por supuesto las cabas de la maternidad, que pasaron varias mientras yo estuve todos estos años en el hospital. Teníamos 18 camas y la caba del pabellón se paraba al lado mío y me decía: ‘Doctor, mire la 3, la 8, la 15 y la 17’. Porque esa eran las pacientes complicadas. Entonces yo iba con ella y veía esos pacientes. Después con el resto de los médicos hacíamos la revista de sala (visitar a los pacientes) y ya veíamos a todos los partos normales porque teníamos que cuidar a la madre y al bebé”.

“Tuve la dicha de tener de Jefe de Servicio al Dr. Carlos Bertona, después lo sucedí yo, luego de mí el Dr. Publio Sánchez”.

Crédito foto de portada: Prensa y Difusión Municipalidad de Rivadavia

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